Vikingos en Sevilla

Sevilla fue atacada en dos ocasiones por los vikingos.

Los vikingos originarios de Escandinavia aparecen en Europa hacia el 793 concretamente en Inglaterra, Irlanda y Francia. Juraron lealtad al rey de Francia (Carlos el Simple) del que despés recibieron el Ducado de Normandïa.

A mediados del siglo IX llegan a la costa cantábrica donde pretendían apoderarse de algunos puertos que les sirvieran de base para futuras incursiones. Desde aquí llegaron a Lisboa donde el ejército del emir Abderramán II no pudo detenerlos por mar. Los cronistas árabes lo recogen como el más terrible ataque contra al Andalus. Mencionan que el número de sus barcos rondaba los ochenta, de los que cincuenta y cuatro eran de grandes dimensiones y los otros restantes más ligeros.

Esta carniceráa no tenía otro objeto que el de evitar en principio que el aviso de su presencia llegara a Sevilla, que era la pieza mayor y más codiciada de esta incursión. Además, la extrema crueldad con que trataban a sus prisioneros era en sí una carta de presentación sobre sus intenciones. Una atmósfera de terror precedía y seguía a todos sus desembarcos. Llegar, golpear y desaparecer antes de que los autóctonos reaccionaran. Era su 'modus operandi'.

Tres días después toman Isbiliya, la Sevilla islámica. Las autoridades, asustadas ante la brutalidad vikinga huyen dejando la ciudad sin efectivos, ni un líder que pudiera dirigir la defensa. Durante siete días saquearon la ciudad, asesinando sin piedad y condenando a la esclavitud a los pocos supervivientes que quedaron. Durante las casi seis semanas siguientes se dedicaron a atacar a lugares más al interior como Córdoba, Moron y Constantina a su forma, destruyendo todo a su paso y quemándolo todo. Camparon a su antojo sembrando el pánico hasta que fueron derrotados el 11 de noviembre en la Batalla de Tablada.

Las fuerzas de Abderramán II (Abd al-Rahman II), dirigidos por Ibn Rustum, en emboscada, logra atraer a los normandos a los terrenos de Tablada en persecución de un grupo de provocadores y quedan acorralados. Murieron mil vikingos en la batalla, se produjo 400 prisioneros y el resto, unos pocos, huyeron. Vencieron a los vikingos que habían sitiado a la ciudad de Sevilla durante una semana

Abd al-Rahman ordenó ejecutar a los cuatrocientos prisioneros vikingos. Cuentan que esos prisioneros vikingos fueron enterrados vivos con las cabezas al aire y que el califa hizo pasar por encima los caballos de sus hombres trotando una y otra vez, luego esas cabezas fueron colgadas de las palmeras de la ciudad en smbolo de victoria. Los vikingos jamás se habían encontrado a tales enemigos tan iguales en la lucha.

Tras la derrota normanda, las murallas de Sevilla se reforzaron y repararon todos los daños causados por el ataque y el saqueo. Quince años después, en el 859 Sevilla volviò a ser atacada, los vikingos entran de nuevo en la ciudad y destruyen las fortificaciones y la mezquita Ibn Adabbas (la actual iglesia de San Salvador) pero la respuesta del emir fue dura y contundente. Desde entonces los vikingos no volvieron a atacar Sevilla.

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